Me despierto a media madrugada y pienso en todas las cosas que debo hacer. Levantarme, bañarme, vestirme, limpiar areneros, darle de comer a las gatas, preparar el desayuno y las loncheras del día, alistar mi mochila, asegurarme de que tengo todo, repasar la agenda del día en la oficina mientras me lavo los dientes, mentalizarme al horror vial mientras me coloco el casco, los guantes. Me despido de M., siempre con la duda de si volveré a verla. Apenas si hemos podido cruzar palabra antes de que salga por la puerta, arme la bicicleta y tome camino al trabajo. Pienso en que tengo que pedalear en alerta máxima, cuidándome de los automóviles, los camiones, los trolebuses, las motos. Nadie puede desperdiciar ni un segundo de más en esta vida asfixiante. Pienso que todos corren para evitar el regaño en el trabajo. Yo corro para evitar que me despidan por acumular retardos. Pienso en llegar al predio del trabajo donde debo estacionarme con la esperanza de que mis compañeros tratarán bien mi bici. Pienso en los dos registros que hago: al dejar mis ruedas y en el checador en el predio donde está mi oficina. Pienso en que debo apretar el paso, cambiarme los zapatos, lavarme las manos, prender la computadora, revisar el correo y asegurarme de qué juntas tengo hoy. Servirme café y respirar brevemente sólo para cultivar la esperanza de que no he olvidado ningún pendiente. Tomar una, dos, tres juntas. Redactar una, dos tres minutas. Carrerear a mis compañeros porque me deben entregables, responder correos que pasan, disculparme de los que he olvidado. Mandar el archivo, actualizar el documento. Darme un descanso demasiado largo en el celular hasta que llega la siguiente urgencia fabricada. Vivir en este vaivén varias horas. Comer en la cocineta comunal con televisión sintonizada a un canal abierto que sirve de ventana al horror que pasa fuera de esta nave industrial entre comerciales llenos de sonrisas que nunca he visto en la vida real. Lavar mis tópers. No pensar que me he quedado con hambre. Preparar más café. Tomar más juntas, más minutas, desear ahora sí irme a la hora que deseo y ver el deseo marchitarse con una charla informal de último momento. Desenredar mi bici de entre el caos que han dejado mis compañeros con las bicicletas. Armarme de valor antes de que el tráfico vuelva las calles una zona de guerra con faros deslumbrantes, con peligro de muerte en cada esquina, perseguido por mastodontes mecánicos que me presionan para llegar unos instantes antes a la parada donde estarán al menos un minuto tragando y escupiendo gente harta de vivir en un vacío existencial. Pienso en llegar a casa, en recostarme agotado en las escaleras antes de quitarme los zapatos y ver a las gatas rondarme, curiosas del olor recolectado en mis ropas, en mi alforja, en la piel. Me pregunto si olerán toda la adrenalina acumulada desde que me desperté a media madrugada. Respirar cinco minutos antes de lavar trastes, ir a comprar algo que falta para la cena, el desayuno, guardar ropa, limpiar algo. Siempre hay una tarea doméstica acechando tras una rutina descuidada inadvertidamente. Darme cuenta a mitad de todo que la gata se ha vuelto a cagar fuera de su arenero. Limpiar la caca, limpiar el piso, Pienso en que ya no me incomoda sentir la calidez húmeda a través del papel de baño después de tantas veces de levantar mierda con la mano. Descansar unos minutos antes de que M. llegue. Preparar la cena. Con suerte ha llegado temprano y podremos conversar un poco, relajarnos, ver algo que no demande demasiado de todas estas responsabilidades. Pienso mientras estoy en la cocina nuevamente que no he visto a ninguno de mis amigos en más un mes. Tampoco he hablado con ninguno de ellos más allá de los memes en redes, de mensajes efímeros que no redacté yo, que no pensé por mi cuenta. Pienso en mi familia que rara vez me contacta. Pienso que sólo cuando necesita algo. Pienso en marcarles yo y me detengo. No tengo energías para ponerme al día, de escuchar lo que han vivido en estos meses de silencio. No tengo energías de afrontar que tampoco pondrán mucha atención a lo que yo diga. Estoy acostumbrado. Pienso que dirían que tampoco comparto demasiado. Pienso y creo que no les interesa los que tenga que contar. Les entra por un oído y sale por el otro. Más de las veces me encuentro volviendo a contarles y explicarles lo mismo una y otra vez. Así que no me esfuerzo, no lo intento. He pensado todo esto mientras lavo los trastes y preparo la cena y M. descansa en cama unos minutos porque ha llegado tarde de su propio día frenético y sin respiro. Subo y comemos mientras vemos algo en su celular o en la tele o platicamos apenas unos minutos antes de prepararse para dormir. Me lavo los dientes y pienso que debería leer antes de apagar la luz, pero no tengo energías ni concentración para ello. Me acomodo en cama a ver el celular. Siento dolor en el cuerpo de la clase de aéreo del día anterior, luego, el peso de la gata acomodarse contra mis piernas como un costal de contención de mareas. M. regresa a cama después de su rutina nocturna. Apenas si tenemos espacio para abrazarnos antes de caer en el sopor y no dejo de pensar en que tengo que volver a hacer esto mañana, que en la madrugada me volveré a despertar pensando en esto, en lo cansado que me siento incluso descansando. En lo solitaria que ha sido la vida durante 37 años con la misma rutina con variantes particulares, con cada año menos tiempo libre; cada año menos conexión con los demás, con el mundo. Una existencia que se apaga de poco en poco.