Nací hace 37 años, cuando la tecnología ya estaba muy avanzada, pero aún no invadía toda nuestra vida y aún no era cooptada por completo por los grandes capitales. El muro de Berlín estaba por caer escasos doce meses después. Una gloria narrativa. Así nos lo quisieron vender. Una era de paz. Los organismos internacionales mantendrían el orden. El clima y la contaminación eran preocupaciones válidas, pero nada que no pudiéramos manejar si todos poníamos de nuestra parte. Esa culpa nos querían cargar.
Desde niño escuché incontables promesas que no he visto materializadas. Al menos no de las cosas que me dijeron que llegarían si seguía exactamente el plan: trabaja, escoge una carrera redituable, esfuérzate cada día. Y todo lo intenté en su momento, sacrificando aquello que realmente llamaba a mi espíritu. Pasé años evitando experimentar con cosas o temas porque no eran para hombres ni redituables; porque me causarían vergüenza o no era lo que se esperaba de mí; porque no se vería bien y pondría en riesgo mi trabajo. Y lo único que me quedó fue un hueco desde donde se asomaba una ira incontenible. Durante mucho tiempo pensé que eran los demás los que me la causaban. Culpé a las situaciones que me rodeaban, a algún ente etéreo de no ser la perfección que tenía en la cabeza.
Pero el que se equivocaba era yo.
No en el sentido católico de llevar las culpas a cuestas.
Más bien culpable de pensar que mi perspectiva era mía e inmutable. Muy clavado en la idea de ser bueno, de cumplir, de no salirme del carril que creía haber escogido por mí mismo.
Con 20 años recién cumplidos quise cambiar de carrera. Mi padre no me dejó. Nos distanciamos. Una herida de 17 sin sanar. Siempre creí que la discusión había sido por una carrera, por un camino de vida. Pero fue más bien un choque de voluntades. Él creía que era un error no seguir una ingeniería y que me moriría de hambre en cualquier otra carrera. Yo estaba seguro de que podía hacerme de una vida útil sin tocar la industria, que mi supervivencia no estaría ligada a la productividad. Ahora, casi media vida después me parece un poco tonto, porque ambos teníamos razón, pero también nos equivocábamos. Aún creo que mi supervivencia no debería estar ligada a si me dedico o no a una profesión que el sistema necrocapitalista marque como digna. Sobre todo porque esas categorías cambian de un día a otro. No respetan nada. Un día eres valioso y al día siguiente te sacrifican si le conviene a las ganancias de la empresa. Pero, ahora que trabajo en algo más cerca a la ingeniería, tampoco tengo el dinero suficiente como para llevar el proyecto de vida que mi padre deseaba: tener casa propia, cuentas bancarias hinchadas, hijos. Aunque tampoco he podido hacer muchas cosas que esperaba hacer lejos del ajetreo industrial: dedicarme a escribir, ser bueno en la danza aérea, viajar, leer como poseído. Se ahora que nunca me volveré el gran editor o autor, tampoco un ilustrador de renombre. Jamás seré el alma de la fiesta. De hecho, mi círculo de gente cercana cada vez es más reducido. En días buenos me alegra, en días malos me siento invisible.
Tampoco me molesta tanto como antes. Me he desprendido de muchas aspiraciones. Más por no servirme a mí mismo que por resignación. Si he dejado de escribir con frecuencia es porque antes lo hacía para plasmar esa idea rompedora que consiguiera el aplauso. Si leía con avidez era para mantener el ritmo de los demás y lograr presumir la biblioteca personal. Mi aspiración necia de triunfar como editor era por orgullo y para demostrar que no era más que un ingenierote vestido en mezclilla azul y camisas a cuadros. Ahora escribo cuando tengo algo que decirme (y el tiempo me lo permite). Leo sólo lo que me atrapa o interesa (y no tengo pelos en la lengua para decir que algo no me gusta). Si quiero explicarme, puedo hacerlo, pero no me quita el sueño si le debo una argumentación académica a alguien de lo que pienso o hago. Descubrí que el trabajo editorial lo sostienen los redactores, y que editar y vender libros es tanto arte como charlatanería. Como cualquier otra industria. Pero, sobre todo, ahora entiendo que no tengo por qué decidir entre las cosas que me gustan, que la vida no se maneja en dicotomías absurdas. Como si aprender el lenguaje técnico deslavara la humanidad, o como si el arte reventara las bielas de las máquinas. Ojalá fuera tan fácil desmontar la industria con un par de frases bien colocadas.
No me aventuraría a afirmar que tengo 37 años bien vividos. No cabalmente. Estaba imposibilitado. Tenía instalado el miedo en la garganta, el estómago, las extremidades y evité muchas cosas que quizás me habrían hecho feliz. Un miedo que nació de los prejuicios de otros que hice míos. Vocecitas que no siempre me dejan disfrutar lo que quiero y que son difíciles de silenciar. Sin embargo, lo que he disfrutado, lo he disfrutado bien. No sé exactamente cuándo empecé a recuperar mi cuerpo de los dominios del miedo. ¿En mis actos rebeldes de universidad cuando tomaba cursos de literatura a escondidas de mi padre? ¿Cuando empecé a salir en bici y me volvía a subir después de cada accidente que me dejaba en cama? ¿Con la danza aérea? ¿Cuando dejé de callarme las cosas? No lo sé a ciencia cierta. Sé que un punto culminante fue el día que llegué a la conclusión de que me aterraba estar en mi lecho de muerte sin haber jugado con el color de mi pelo o no haberme tatuado por una falsa idea de pureza, entre muchas otras cosas.
No tengo miedo a morir, pero sí a no haber hecho lo que quería.
Si ahora tuviera que describir qué sentimiento me domina sería la ira. Pero no ya esa que viene de un vacío existencial, sino de aquella que nace al verse minimizado por el sistema. De no tener el tiempo para vivir, no sólo sobrevivir. De que la qente que quiero y admiro no consigan ser las versiones de sí mismos que desean por estar amarrados a un escritorio, a un horario laboral, por las condiciones materiales. Ira de ver cómo los demás se mueren sin justicia, atropellados y sofocados literal y metafóricamente. Furia de que en un mundo tan bonito haya gente que busque su destrucción y aplastar a los demás sólo por ganancia propia. Desesperación de que los aplastados sean quienes defiendan a sus celadores. Me dan ganas de quemar entera esta línea temporal que de niños nos describieron como distópica y que ahora nos la quieren vender como la mejor versión del mundo, como inevitable.
Sin embargo, dentro de todo esto, estoy sumamente agradecido de tener la vida que tengo. De estar donde estoy. De vivir con quien vivo y de compartir con ella música, ideas, palabras, alegrías, congojas, desesperaciones. De haber conocido a todos los que se me han cruzado conmigo, aunque algunos se hayan quedado en el camino y no haya planes de volvernos a cruzar. Agradezco haber compartido unos años con mi gato, y tener ahora otras dos. Agradezco todo lo que me ha pasado, porque de ello he aprendido. Pero, sobre todo, agradezco no haber perdido aún la esperanza de que hay algo mejor, siempre y cuando no me gane el miedo.
No sé cuántos años más he de vivir. Hay cosas que quiero aprender. Sé que hay cosas que tendré que aprender. Qué es qué sólo está parcialmente en mis manos. Por ahora, sólo sé que tengo 37 años.