Ya me parece casi imposible no buscar ahogar mis pensamientos mientras me pierdo en el celular, la computadora o la televisión. Cuando me quedo solo, se me ha convertido en un reflejo buscar el celular para navegar las redes sociales, como ya no sabiendo estar solo. Me sucede con cualquier incomodidad emocional. Incluso mientras trazaba estas palabras de mi cuaderno rojo, notaba como mi cuerpo se tensaba y preparaba para buscar, aunque fuera de reojo, el celular, siempre demasiado al alcance de la mano. Es como si tuviera un mecanismo tensado por resortes que se liberara a la menor ansiedad y, ¡ting! A tomar la pantalla y ahogar durante horas los pensamientos que pudieran cruzarme por la cabeza.

                Lo peor es que no encuentro nada interesante en las redes sociales. Los videos de gatos, memes, chistes y microensayos en forma de reels son sólo una especie de ruido blanco mental, una forma de ahogar el mundo que me rodea, el inmediato, el interno. Se vuelve un escape del tedio de estar siempre en casa, todos los días, de las eternas labores domésticas, de la interminable pila de trastes, de las malas ofertas de trabajo para combatir mi desempleo, de que tengo dos perspectivas inmediatas: el desempleo indefinido o la explotación laboral en empresas que no tienen el menor interés en mi bienestar.

                Tal vez vengo porque aquí, en las redes, puedo escapar de mis pensamientos más aciagos, pero sin enfrentarlo. Es un escape inútil, porque ahí siguen, a pesar de todo. Ya no recuerdo cómo era poder concentrarme durante horas en una sola tarea, ni cómo era contemplar el vacío en silencio, dejando que los pensamientos fluyeran para entender de dónde vienen y a dónde van. Ya no recuerdo cómo era poder estructurar varias ideas en un único tren, hilado no por la inmediatez, sino por la lucidez.

                No sé bien cómo escapar. La disciplina no es mi fuerte desde hace varios años. Me es casi imposible ponerme una meta personal y llevarla a su fin. Si no hay algo terrible acechándome para llevar a cabo mis tareas, las dejo morir. Si los sueños que nos prometemos son margaritas, yo tengo un jardín seco.

Deja un comentario