Abrí una cuenta de Bumble tres meses después de terminar una relación de cinco años. Aún no tengo claridad si fue por curiosidad o un genuino interés de conectar con alguien. La noche que lo abrí me sentía particularmente aislado. Sin comunidad. Fui al departamento de unos amigos a cuidar a sus gatos y durante horas intenté lidiar con mi soledad. Me resultó insoportable no poder encontrar consuelo en mi propio cuerpo. Aunque intentaba escribir, fracasé. Estaba solo y entumido. Cerré la computadora, me despedí de los gatos y fui a casa.

Cuando regresé, pasé las siguientes horas armando mi perfil, deshumanizándome para caber en un par de campos descriptivos, escogiendo algunas fotos y decidiendo cuál es el mejor ángulo de 300 caracteres. Se parecía mucho a armar una ficha de producto. No sabía qué escoger para entrar en el mercado. Al terminar, activé algunos filtros para ver perfiles y me arranqué a deslizar a diestra y siniestra.

Hay cierta analogía entre las aplicaciones de citas y la pornografía. Al principio me costaba trabajo decidir si tenía o no interés en los perfiles que desaparecían hacia los lados, principalmente a la izquierda. Pero ver fotografías y descripciones breves de desconocidas rápidamente empezó a parecerse a sólo ver productos en una vitrina. Algo que puedes escoger, que te podría escoger de regreso y tocar, que podrías consumir si juegas bien tus cartas. Después de algunas horas invertidas, las personas que te aparecen se vuelven sólo eso: estampas de consumo, o la ilusión de ello. Son fotografías que vemos con ojo morboso, deshebramos las escasas y breves descripciones, vemos las especificaciones técnicas como religión, afiliación política, interés romántico, si quieren o no hijos. Luego, escoges: podría, no podría; querría, no querría. De vez en cuando ves alguna cara conocida (muy conocida) y piensas que esa persona es mucho más que tres líneas y pocas fotos. Avientas la foto a la derecha, sólo por si acaso, porque sería divertido encontrarse en el mercado, como chocar carritos en el pasillo de los huevos (y tirar una o dos charolas en el piso, por accidente). Los perfiles se vuelven genéricos: fotos de viajes, anhelos de conocer; espíritus libres en apariencia que con una o dos palabras que dejan entrever que se juegan su futuro romántico al azar de un algoritmo. Todos buscamos lo mismo: no estar solos cuidando gatos. Una conexión. Un cuerpo cálido. Algo que respire y nos escuche, nos acaricie. Sexo. Ternura. Pero sólo encontramos perfiles prehechos en pantallas engrasadas por nuestros insistentes dedos. Sólo nos responde la dureza de la pantalla y la mirada de nuestras cámaras.

Estamos solos.

Navegamos sobre hielo.

***

O quizás no tanto.

No sé si son bríos renovados, o si la herida me ha vuelto sensible, pero en estos tres meses me siento extrañamente atraído a todo mundo en más de un sentido. Algunas veces las voces y el calor que radian las personas me succionan lentamente, algunas otras me envuelven y me abrasan. Pero con la misma facilidad con la que me encuentro deslumbrado por alguien, algo en mí también se hunde, como si cada paso que diera para acercarme fuera un paso que también me aleja. Una barrera que me separa de los demás, que los empuja y los expulsa. Una frustración extraña de querer tenerlos a todos aquí, siempre, sin conseguirlo, porque los demás tienen más vida que no soy yo. Aquí adentro llevo la soledad que en momentos se queda muy callada, buscando el instante preciso para decirme “te lo dije, todos te van a abandonar”. Traicionera alimentada con pequeñas decepciones de expectativas que proyecto en los demás, y que los demás no tienen la obligación de cumplir en lo absoluto.

Entonces la lejanía me enfría los huesos, y sólo el sol puede calentarme a fondo.

¿Qué quiero de los demás?

***

Es obvio que no estoy listo para iniciar una relación seria con alguien. Apenas si puedo hacerme cargo de mis propias ansiedades, de mi propio estado emocional, así que no puedo pretender comprometerme afectivamente con otras personas. No mientras yo mismo me desprecio. Sería irresponsable, y no veo por qué alguien más tenga que pagar mi incapacidad para darme ternura a mí mismo. Y de cualquier modo, ni siquiera estoy seguro del todo de querer una relación estable, monógama, como el sistema capitalista y patriarcal quisiera. Una propiedad con ciudadanía.

Sin embargo, dos veces he estado frente a personas que me hacen dudar de querer estar solo en estos meses. Brasas eléctricas que encienden el mito del amor romántico. Mentes despiertas y libres que me atraen justo por eso. La paradoja sería meterlas en un arnés para mi único disfrute. Entonces, hielo a las brasas. Qué manera es ésa de matar a alguien, de sofocarlo. Todo por no querer estar solo y a pesar de mi propio arnés emocional.

Quizás por eso se ha vuelto a remover una vieja duda: dónde está esa fina separación entre una amistad y algo más. Cómo sabes a ciencia cierta que sólo quieres estar con una persona. Por qué creer que el afecto y admiración hacia alguien van en detrimento al que le tenemos a los demás. No comprendo a aquellos que ven con desconfianza a sus parejas porque la pasan bien con un amigo novel en una fiesta, en una reunión, en cualquier lado, como si eso invalidara lo que sentimos por otros. Los afectos se suman, las prohibiciones y los maltratos restan. La comunicación tiende puentes para el cariño y la ternura; la evasión pone minas en el camino, las esconde.

Si enlisto lo que diferencia a una amistad de una relación romántica, sólo encuentro la exclusividad sexual, como si fuéramos una propiedad marcada, algo que sólo puede tocar una persona sin que se sufra desgaste, como si fuéramos el piso de mármol que pudiera quedarse sobado por las insistentes pisadas. La diferencia es la prohibición, una resta. Prohibición que se va difuminando al resto de los elementos que tienen en común, la confianza, la ternura, el cariño, los cuidados, y los va carcomiendo hasta sólo quedar la prohibición y el miedo. Nos volvemos un producto de consumo de difícil adquisición y especificaciones vagas. Un producto vivo que esperamos nos haga sentir bien, aunque nosotros no sepamos estarlo con nosotros mismos.

***

Soy un ser táctil. Tengo la necesidad de mostrar cariño con las manos y la piel. Necesito abrazos y caricias para sentirme querido. El aislamiento físico es capaz de hundirme. Sin el roce de alguien más me siento marchito. Es una trampa querer de este modo. Llegamos aislados y aislados pasamos casi toda nuestra vida. Así es difícil sobrellevar una vida solitaria. Así es tortura llegar cada día a casa y encontrarse sólo con objetos inertes, paredes frías, alguna que otra planta que florea.

He pasado algunos meses autoexplorándome, esperando que sea suficiente para llenar este vacío. Volver a conocer el cuerpo propio ayuda un poco, pero no es el remedio infalible. A mitad de las caricias por el vientre y las piernas, me gustaría que fuera otra persona quien me estuviera descubriendo por primera vez. Mi cuerpo existe. Mi cuerpo se puede disfrutar. Mi cuerpo puede ser brasa también.

Pero estoy solo y abrí un bumble quizás con la esperanza de que alguien a quien no le debo nada me recorra con la mirada y el cuerpo. Me volví un producto de consumo y no estoy seguro de que sea la mejor manera para obtener lo que quiero, porque a mí me gustan las palabras y el toque eléctrico que truena cuando haces reír a la otra persona. Nexo emocional, creo que le llaman. Y en una pantalla cuesta trabajo hacerlo crecer. En las letras se ven las ideas, pero no se huele al otro. En las letras se comunica uno, pero no se escucha la risa, el llanto, el suspiro, la respiración entrecortada. La pantalla es puro hielo azul.

Así que Bumble resulto ser un gran fracaso para obtener lo que quería.

Y el mundo físico me aterra para buscarlo.

Mi cuerpo puede ser brasa, pero no logro derretir todo el hielo que me rodea.

***

En tres meses sólo me he sentido eufórico cuando encuentro en los demás un sentido de comunidad. Brasas que se juntan y se vuelven pira. Puedo nombrar las reuniones donde hemos estallado en flamas y todo es calidez. Ahí está la vida. Ahí no hay hielo.

Entonces, ¿qué nos detiene de juntarnos y dejar que las lenguas de fuego nos consuman?

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