Una de las razones por las que empecé a querer huir de la Facultad de Ingeniería (FI de aquí en adelante) era que había una hipocresía entre el discurso institucional y lo que en realidad veíamos y absorbíamos en clase. Institucionalmente el valor más alto era que nosotros, los estudiantes de ingeniería, nos estábamos formando para ayudar a la sociedad. Al salir de las aulas se esperaría de nosotros que fuéramos quienes lleváramos las riendas de la vena tecnológica de la sociedad. Nuestro papel social, en teoría, era fundamental para el bienestar social. Y me parece que eso es cierto: la tecnología debe estar al servicio de las verdaderas necesidades de la sociedad.
Sin embargo en clases absorbíamos otra cosa. En las aulas la idea era que una vez que saliéramos buscaríamos un buen empleo y ganáramos buen dinero mientras «innovábamos» y generábamos necesidades que quizás no eran tan necesarias. Ahí adentro los profesores rara vez impulsaban una vena de cuidado a la sociedad, rara vez ponían el bienestar de la comunidad por encima del dinero y el estatus y todo lo que eso significa. Tampoco es que muchos de los alumnos estuvieran interesados al respecto. Creo que a muchos les gustaba esa visión utilitaria y egoísta de la ingeniería: eran las carreras que daban buenos sueldos. En esas mismas clases tuve profesores que desdeñaban, por ejemplo, a comunidades indígenas. Sería una obviedad hablar de los que fomentaban el machismo, sutil o explícitamente.
En los pasillos y en la convivencia del día al día me resultaba tedioso tener que convivir con mis compañeros. Las pláticas casi siempre iban sobre las mismas líneas: las clases, el futbol, los videojuegos, el anime, las mujeres. Si creo que ahora estoy donde estoy es porque ninguno de esos temas me interesaba demasiado: en clase estaba todo el día, el futbol me aburre, los videojuegos los abandoné en la adolescencia, el anime también, y me ponía incómodo cómo se hablaba de las mujeres. Si salía el tema era para verlas como objetos (está bien buena, yo sí le hacía tal o cual, es una apretada, pasa sus materias porque se le arrastra al profe). Recuerdo que en uno de los primeros días de clase escuche de uno de mis compañeros una frase horrible que hasta la fecha sigo escuchando en boca de muchos machos: las mujeres como los zapatos, si no aflojan con el tiempo, aflojan con una friega de alcohol. Y así me recibió la facultad. Y así eran la mayoría de mis compañeros: se pasaban fotos sin el consentimiento de las fotografiadas, se mofaban de las compañeras, apoyaban a la rechifla en el anexo cuando pasaba una mujer por los patios.
No pretendo decir que yo era perfecto, pero también es cierto que nunca me sentí del todo cómodo en el conjunto sur de la FI (en el edificio principal los alumnos estaban más preocupados por las clases y los pasillos casi siempre estaban vacíos). Creo que lo que más odiaba eran las rechiflas, al punto de que yo empecé a gritarles “¡Por eso no tienen novia!”, lo que funcionó algunas veces para callar el escándalo, pero que perdió fuerza con el tiempo, y tampoco podía estar en el Anexo todo el día cuidando a un montón de hombres. Creo que si yo no entré en el circulo machista de la facultad fue en parte por mi formación familiar (a pesar del machismo interiorizado de mi familia, el discurso explícito era no violentar a las mujeres) y en parte porque me fugaba a leer y a convivir con gente de otras facultades. Si podía evitar la facultad, lo hacía.
En realidad, yo mismo he llegado a reproducir algunos de los discursos que los actuales estudiantes de ingeniería manejan: no todos los hombres, la igualdad está lograda, el esfuerzo es lo que te va a sacar de pobre. Si he podido desmontar esas y muchas otras ideas no fue por estudiar ingeniería ni hacerle caso a mis compañeros, que más bien habrían hecho eco de estas posturas. En realidad lo que me ayudó fue que salí de la facultad y conocí más gente que en uno u otro momento me dio una arrastriza argumental que me obligó a repensar las cosas. Y la zarandeada continúa y no creo que acabe pronto.
En los últimos días (7 y 8 de noviembre de 2019), los alumnos de la FI atacaron un contingente feminista, y empezaron a organizarse para agredirlas de nuevo si tienen la oportunidad. Me gustaría estar sorprendido, me gustaría que esto me tomara desprevenido y decir “¡¿Qué han hecho con los ingenieros de ahora?!”, pero la verdad es que entra por completo en mi expectativa del ingeniero promedio: gente que está preocupada por su propio beneficio y en apoyar el sistema que se los ha prometido. Están alimentados por ellos mismos en el discurso de odio y están atrapados en él. Sé que dentro de la facultad están imposibilitados para ver sus propios fallos, porque la FI, como institución, alimenta y cobija las ideas que están expresando. Es más, los enaltece como dignos defensores de las paredes. Así que no tienen posibilidad de escapar de esa mentalidad, y es eso lo que los hace peligrosos. No su uso de la tecnología (si algo aprendí en la facultad es que los proyectos estudiantiles siempre fallan), sino su ímpetu para organizarse para un fin que va en contra de la idea de ingeniería que la Facultad de Ingeniería, como institución, tiene en más alto aprecio: la construcción de una sociedad más justa.
Hoy, más que otros días, me avergüenza haber sido parte de esa comunidad, y me avergüenza que la facultad que me acogió durante seis años apoye tales actos de odio.
Andrés Sierra, ingeniero mecatrónico
Actualización: la siguiente acotación fue hecha por una lectora. Me parece que es lo que le faltó a este texto. Muchas gracias, P.
Ingeniería es de esos rubros que se debe la autocritica, más comunidad y menos aspiracionismo.
Pam Romero Pereyra
Más allá de la obligación institucional de formar profesionales útiles para la sociedad, es deber individual dejar de ver mundos pequeños y darse cuenta que nadie les debe nada por estudiar ingeniería, [o medicina o historia del arte] que hay otras formas de vivir la masculinidad, que la heteronormatividad no es a huevo y que las mujeres no estamos a su servicio.