Hace varios años una amiga me regaló un pequeño cuaderno rojo, de esos que son para notas. La etiqueta decía que era de bambú. Ahí había un chiste local que no era ni muy bueno ni muy ingenioso, pero nos hizo reír hasta que dejamos de vernos, antes de que el cuaderno se acabará. El cuaderno sólo fue uno de muchos que he tenido. Desde que cumplí quince años cargo, siempre, con algo para escribir. Poco de lo que he escrito en ellos se ha materializado realmente, y sólo me he terminado los pocos cuadernos que he utilizado para diarios. Pueden durar años. Este pequeño cuaderno rojo no lo llené con notas, sino con dibujos, y lo reemplacé con otro cuaderno rojo, también para dibujos, que hice en un breve taller de encuadernación.

A finales del año pasado mi jefa me regaló otro cuadernito rojo. Uno de esos Moleskine grabado con el logo institucional de una reconocida pero mal dirigida editorial mexicana. Tiene las hojas rayadas y no estaba seguro de que lo usaría. En menos de un año he llenado la mitad con notas hechas a lápiz. Es el que más intensamente he usado después de mi primer diario en 2008, que llené en apenas un par de meses depresivos. A diferencia de mi primer cuaderno, este Moleskine no pretendía ser un diario, pero terminó siendo uno.

Aunque, más que un diario, se ha convertido en un verdadero sustituto de mis redes sociales. Es una especie de espacio de discusión conmigo mismo. Las ideas que empiezan a rondarme insistentemente terminan ahí. A veces es en esas páginas donde me doy cuenta si una idea es compleja o sólo una ocurrencia. Saberlo no es una cuestión de extensión: algunas se resumen en un par de líneas, y a veces escribo varias páginas de una perorata repetitiva que no llega a ningún lugar. Pero ahí hay ideas.

Nunca pensé en mezclar la escritura en línea con mi escritura en papel. Había una línea divisoria y tajante entre ellas dos. Lo que estaba en el papel era serio, lo que iba a digital era una cosa efímera. He tenido una decena de blogs personales y colectivos, incluyendo una revista de reseñas que cayó en el olvido y me mostró que odio reseñar libros por obligación. Mi proceso de escritura estaba segmentado y, durante años, cayó en suspenso. Hablaba mucho sobre que quería y tenía que escribir, pero, con la excepción de algunos artículos salpicados en dos revistas digitales, escribí muy poco durante cuatro años. O al menos textos que caminaran hacia algún lugar, que no se quedaran en borrador o en el olvido. En esos años llené un cuaderno con bocetos de novelas, cuentos y ensayos que se repetían y que no llegaban a ningún lado. Truncos. Anquilosados. Falsos.

Durante muchos años pensé que las palabras podían salvarme de cualquier situación que me aquejara. Era cuestión de encontrar la retórica correcta o adaptar mi discurso a mi conveniencia. Las acciones que se enmarcaban en las palabras indicadas podían cambiar de significado, aunque la intención original hubiese sido otra. Un ejercicio total de hipocresía nacido del “haz lo que digo, no lo que hago” que escuché infinidad de veces en casa. Luego me di cuenta que las palabras sin acción estaban vacías. Que la acción era lo que en realidad podía definir lo que eras. La acción se volvía discurso. Así que durante un tiempo estaba seguro que si hacía las cosas que pensaba, las palabras terminaban sobrando.

Quizás por eso no logré escribir bien durante cuatro años. Escribí sin saber a ciencia cierta qué quería escribir. Lo hacía sólo por el placer de arrastrar la pluma sobre el papel sin distracciones, por ver la tinta secarse, sin regresarme ni releer. Un asunto mecánico que llevaba a cabo porque estaba convencido de que lo que yo necesitaba hacer era escribir, sin tener un propósito, sin saber si lo que plasmaba era digno de contarse. La respuesta, casi siempre, fue no, y estaba convencido de no tener ninguna idea en la cabeza. Falso, de nuevo.

Las palabras y las acciones deben corresponderse. Del mismo modo que la escritura es escritura en el papel y en pantalla y en cualquiera de las dos puede ser rica o banal, la acción (de escribir, de vivir, de amar) debe ir dirigida por un discurso que la mueva, y hay que entender que la acción por si sola puede parecer errática (y a menudo lo es) sin un discurso que la sostenga.

En el proceso de entender estos dos puntos perdí oportunidades, amistades y relaciones amorosas. En el ruido de entenderlos, tuve que aislarme.

Luego llegó este cuaderno y una necesidad de que lo que hacía y decía correspondieran uno con el otro. Que mi discurso y mis actos tuvieran congruencia. Empecé a escribir mis ideas con constancia y a ir a terapia. Con el paso de los meses me di cuenta que no me desagradaban las ideas que ahí tenía. Empecé a vislumbrar un poco de honestidad en ellas. También entendí que el soliloquio puede ser estéril. Está bien aislarse de las redes sociales para escucharse a uno mismo, pero lo que se piensa debe llevarse a la práctica, y discutirse con otras personas. No estamos solos en el mundo y tanto las palabras como las acciones que dirigen tienen un efecto en la gente que nos rodea, e incluso más allá.

Así que abrí este blog para rescatar esas notas. Es un asunto personal, de tallereo y de discusión pública; de llevar las ideas a la práctica. Para curar y compartir las ideas que me parecen dignas de ser compartidas, de conciliar la idea de que la escritura no es más o menos válida por el soporte, sino por lo que significa y por lo que mueve después de ser leída. Lo hago porque es algo que quiero hacer: compartir mi soliloquio de manera honesta.

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